Doña Marta llegó ese viernes de
enero a su panadería ubicada en el barrio San Cristóbal de Bogotá, como de
costumbre. Eran las 7 y media de la mañana de un día muy soleado. Decidió
comenzar a reordenar los productos y las agradables mesas que hacían de su
tienda la más popular del barrio. La clientela no se hizo esperar mucho, luego
de una hora, a las 8 y media de la mañana, comenzaron a llegar los vecinos que
soñaban con las mogollas de doña Marta. Ese día le fue bastante difícil estar
pendiente de todo al mismo tiempo, pues su panadería estaba a reventar. Pasó de
esa manera el día, con gente entrando y saliendo, llenos de bolsas con mogollas
y pan caliente. Después de almorzar y tomarse una limonada tibia, a las dos de
la tarde, ya habiendo bajado la clientela en el lugar, doña Marta decidió entrar
a la zona de producción de su tienda, para verificar cuánta masa le quedaba
para la venta del día siguiente. Mientras eso sucedía, dos personajes jóvenes de
buena apariencia, entraron a la tienda y saquearon lo que quedaba de pan y el
dinero que la dueña tenía en la caja de las ventas del día. Para evitar
complicaciones, un burro, que se había quedado afuera en el andén, era el encargado
de vigilar que nadie sospechara, y de engañar a los vecinos con una actitud
ignorante y tierna a la vez.
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